¿Cuál es el significado de “Y vio que era bueno”?

En la creación, el Antiguo Testamento nos describe un proceso creativo que resulta en algo “bueno”, o incluso “bueno en gran manera”:

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.

Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.

Y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.

Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.

E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.

¿Qué quiere decir en este contexto que algo sea bueno?

Es fácil llegar a la respuesta si leemos estos versículos bajo la lente del pragmatismo del Antiguo Testamento.

El punto es que todo lo creado en aquellos seis días fue creado con un propósito, cada cosa con su función dentro de un todo.

Si efectivamente la luz cumple su función de iluminar, o si la tierra efectivamente produce hierba que a su vez genera semillas, entonces estos son buenos, pues se demuestran a la altura de sus funciones. Cada elemento creado encaja perfectamente en el plan divino y contribuye a la armonía del conjunto.

En pocas palabras, la creación es buena porque es un sistema. Como nos muestra la ciencia, cada elemento ayuda el desarrollo de otro; energía y materia se transforman y se renuevan perpetuamente; ninguna sustancia pasa a ser nada. El entero universo posee una vitalidad intrínseca que hace que sea bueno para sí mismo y bueno por sí mismo.

Ahora, una vez aceptada la bondad fundamental de la creación, surge la pregunta:

¿Podría algo ser malo?

La respuesta se encuentra poco después, en la narración del Jardín del Edén (Génesis 2-3). Adán y Eva, los primeros seres humanos, reciben una instrucción específica de Dios: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17). Sin embargo, ellos desobedecen esta indicación y prueban fruto prohibido (Génesis 3:6).

La desobediencia de Adán y Eva introduce el concepto de “lo malo” en el mundo. Según algunos, al transgredir el mandato divino el hombre se aleja del propósito original para el que fue creado. Según otros, los seres humanos fueron dotados de libre albedrío precisamente para discernir el bien y el mal en el mundo, así que la transgresión en el Edén era inevitable y providencial.

El libre albedrío, la capacidad de decidir nuestro curso de acción, es la facultad que nos define como seres humanos, porque nos distingue de los animales y nos otorga una responsabilidad única. Mientras que los elementos inanimados y los seres vivos no humanos cumplen su función de manera instintiva, los seres humanos tenemos la capacidad de tomar decisiones morales y éticas —es decir, podemos engañarnos y desviar intencionalmente de nuestro “buen propósito”.

Al parecer, para que nuestra misma existencia en este mundo tenga un sentido, el mal es una necesidad, porque en su ausencia no podríamos ver y apreciar el bien.

Esta es una de las nociones clave que separa a las personas que conocen la Biblia de las que la desprecian. En una óptica materialista, bien y mal son valores funcionales: bueno es algo que funciona, malo es algo que no funciona. En un universo espiritualmente ordenado, bien y mal son categorías morales, y la línea que separa lo uno del otro pasa en medio del corazón humano, sutil como una serpiente.

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