¿Por qué Dios fue tan paciente con los israelitas?

Justo antes de salir de Egipto, los israelitas habían presenciado no una ni dos, sino diez plagas. Como comprueba el mismo Faraón, no se trataba de trucos de magia sino de auténticos milagros. Milagros que, por un lado, hicieran ver al rey que había algo más grande por encima suyo, y por otro lado, que alimentaran la fe del pueblo de Israel.

Al llegar la última y más devastadora plaga, podríamos esperarnos un pueblo con una fe inquebrantable hacia el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Sin embargo, apenas unos versículos después llega el primer momento de tensión entre los israelitas. Luego de caminar por tres días en el desierto y finalmente llegar a un río, esto es lo que ocurre:

Vinieron a Mará, más no pudieron beber las aguas de Mará, pues era amarga; por eso se llamó su nombre Mará. Y se quejó el pueblo ante Moisés, diciendo: ”¿Qué beberemos?”

La pregunta “¿Qué hemos de beber?” supone cierta arrogancia de parte de los israelitas, como si estuvieran diciendo: “ya que nos sacaste de Egipto, ahora más te vale darnos agua”. Afortunadamente, Dios no se dejó ofender e intervino para saciar su sed.

Pero justo en el capítulo siguiente se repite la misma historia, esta vez con el hambre:

Y les dijeron los hijos de Israel: “Si tan solo hubieramos muerto por la mano del Señor en la tierra de Egipto, cuando estábamos sentados junto a la olla de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos, pues nos han sacado a este desierto para matar a toda esta asamblea de hambre.”

Lo curioso es que mencionen la abundancia de comida de la que gozaban en Egipto (“la olla de carne”, “hasta saciarnos”). Esto claramente no era cierto, pero nos sirve para entender de dónde viene en realidad su desesperación. Lo que nos lleva al punto central…

Esas palabras amargas muestran una parte oscura de la naturaleza humana que en cierta medida está presente en todas las sociedades hasta nuestros días. Se trata del deseo de tener algo a cambio de nada, de que el “estado” se preocupe por satisfacer tus necesidades y solucionar tus problemas. Básicamente, es el fuerte atractivo de la codicia.

Como resultado, la historia universal ve al ser humano debatiéndose entre (1) renunciar a sus derechos y vivir bajo el yugo de un tirano con tal de no asumir responsabilidades, o (2) vivir en sociedades libres que progresan gracias al esfuerzo de cada uno.

Las naciones que prosperan son las que dejan prevalecer la segunda opción, y eligen la libertad por encima de la seguridad.

Y entonces, si su vicio era tan grave, ¿por qué Dios no abandonó a esa gente a su suerte?

Claramente, Dios quería que los israelitas abrazaran la mentalidad correcta y la libertad que de ella deriva. Pero al mismo tiempo sabía que salían de 400 años de esclavitud en Egipto, donde el Faraón se encargaba de sustentarlos y decirles todo lo que tenían que hacer.

De improviso, los israelitas se encuentran en medio del desierto y con la plena responsabilidad sobre sus vidas. Así que era previsible que, al verse sumidos en la hambruna y la incertidumbre, comenzaran a extrañar su pasado en cautiverio y llegaran a sentir que su nueva libertad era insoportable.

Siendo consciente de todo esto, momentáneamente Dios decide dejar al lado la justicia para ejercer su atributo de piedad. Los hijos de Israel llegarán a apreciar la libertad, pero primero tienen que sobrevivir a la sequía del desierto y llegar a su tierra prometida, algo que les llevará 40 años de peregrinaciones.

40 años son un entero cambio generacional. La generación del Éxodo tendrá que morir y una nueva generación deberá surgir para que que el amor por la libertad (y por Dios) empiece a abrirse paso en los espíritus de los hijos de Israel. La libertad es un bien tan grande que merece esa inversión y mucho más, y Dios lo sabe.

Por eso, esta vez Dios les responde a los israelitas no con su ira sino con el maná, un alimento milagroso que los acompañará todos los días por esos 40 años.

Si uno entiende la enormidad de esta concesión divina, es aún más irritante ver cómo los israelitas siguen mostrando ingratitud incluso después de recibir el maná. Pero hay una razón más profunda por la que los israelitas se quejaron tanto del maná, aunque fuera un manjar divino capaz de saciarlos cada día.

Exploramos esa cuestión en el Secreto #117 de “Secretos Bíblicos: 127 trasfondos reveladores sobre las historias más célebres del Antiguo Testamento”, donde descubrimos por qué la misma esencia del maná no era capaz de satisfacer a los israelitas, independientemente de cuánto fuera o de lo dulce que supiera.

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